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Miradas   Leave a comment

He observado las miradas de aquellos que me miran y he resuelto no ver más allá.
    Me he sentado frente a ellos y los he visto mirando, escudriñando las palabras de aquellos a los que escuchan atentamente, y he visto que buscan en la mirada los embates de la expresión, como si de lo dicho, no se obtuviese más confianza que la necesaria y conveniente para la situación. Y como si se echase de menos algo más, algo que el resto no pudiese ver, excepto nosotros.
    Me han interesado y he observado sus miradas siempre, y me he enamorado, entristecido, corrompido y alejado de ellas, cuando el corazón me lo decía. No he cuestionado esa actitud, ni renegado de su consejo; al contrario, la he tenido cerca de mí, y he dejado que me poseyera, cuando la indecisión se convertía poco a poco en esa confusión, que te encadena el alma a la quietud.
    He visto tantas miradas, que no podría pensar en todas. Recordarlas no tendría sentido, pues son producto de un azar inevitable, la primera pista de un futuro próximo, que casi siempre nos cuesta ver.
     Aparece la mirada de una madre que busca a su hijo, aunque lo tenga delante de ella, la que cuida con la atenta observación, la que no pierde atisbo de cada gesto del niño.
    La mirada de un enamorado que llora por dentro la felicidad que nunca tuvo, y que cae en los brazos del destino, que lo envuelve de fortaleza y calidez.
    Y la mirada del dejado que vive dentro la infelicidad que siempre tuvo, y que ahora, solo y aterido por el frío del abandono, se deja caer sin hacer fuerza en ello, como si lo desease.
    La mirada de la ausencia, y cuyos ojos quedan suspendidos en una intemporal espera de renuncia y esperanza.
    La mirada ansiada de una llegada inminente, de una bocanada fresca que le traerá una renovada sensación de ilusión.
     O la mirada de ese cuadro que siempre recordamos, la que nos sigue por dónde vamos, y a través del tiempo que recordemos, la que representa aquello que nos dijeron, y cuyas palabras, ya no retenemos. La mirada de alguien que parece conocernos mejor que nosotros mismos.
    La mirada pérdida en el horizonte, la que quiere rasgar el velo de un futuro que sabemos vendrá para envolvernos, creyendo ver algo que sólo nuestro corazón sabe interpretar.
    Y la mirada perdida en un espacio limitado, en esos momentos de silencio, en los que se dice todo, y en los que el espacio se curva sobre nosotros, para someternos.
   
    Miradas que buscan lo que ya no está, y que encuentran en la ausencia, lo que nunca encontraron en otras miradas. La mirada que viene de dentro, y la que nos mira desde ahí. La que nos susurra el recuerdo del pasado, nos anima a un presente que está vivo, y nos empuja a un futuro prometido, esperando, esperando a que lo miremos. 

Publicado 26/06/2011 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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