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Historia de un Lugar   Leave a comment


        He vuelto a olvidar de dónde soy.
        Como siempre nada más llegar, respiro hondo, y trato de llenarme de su ambiente, pero no dura en mi el efecto de la añoranza, más que para sonreír, dejar los labios caer, y luego decir con la boca pequeña, “hogar dulce hogar”.
        Sentado en la cama los ojos se entornan y se nubla mi corazón en los recuerdos, apagándose poco a poco como la llama de una chimenea que apenas se enciende ya.
        Paso las horas mirándome en el cielo; éstas transcurren sin que el presente las frene, sin que yo mismo pueda decirme una palabra más alta que otra, navegando al pario y mecido en corrientes imprevistas, que poca fuerza tienen para conmoverme. Así que de vez en cuando ondeo la insignia de una ilusión pasajera que me levanta y a la vez me frena.
        Y entonces recuerdo. Mis ojos se enternecen con cada verde, en cada campo, en los rostros y caras del pueblo, en sus ventanas y luces, en sus cornisas y muros. En cada gesto de la anciana gente, que, en mi niñez, eran jóvenes como yo ahora, y para la que no puedo menos que tener una amplia sonrisa, porque me dicen quién fui y quién seré.
        Cuando la noche cae respiro la ausencia de una vida que pasó, en un lugar en el que mi infancia estuvo, y en esa juventud que fue presente hasta la edad de partir. Esa ausencia de los que se miran al espejo de un tiempo que transcurre rápido, y en el que cada día me reconozco menos.
        Como tampoco reconozco ni el atardecer que antes me llevaba junto al río cada tarde, ni las amistades que transcurren en otro lugar donde ya no vivo, ni el deseo de la aventura buscada, ni el afán de recorrer los caminos que no aparecen en los mapas, ni siquiera la tranquilidad de la quietud adormecida (1) en sus calles.
        Sin embargo, también sé que no tengo que verlos tal y como eran, sino cómo son ahora, porque yo mismo ya no soy el que solía ser, y me traiciono si dejo crecer en mi la idea de la conveniencia en todo esto, no.
      No soy más de lo que soy, aunque sí menos de lo que pueda ser, así que siempre que estoy aquí, vuelvo a recordar.
(1) En este párrafo, “adormecida o adormilada”, en relación a las calles, al pueblo, lo he tomado de la historia de Anna Bimbatti, “Un presente Da Amare”.
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Publicado 27/06/2010 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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