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Espesa Calva   Leave a comment

          Ese día pesaban más; a pesar de que se había traído el coche de su mujer, el del maletero espacioso.
          Aunque no sé por qué me alegro de habérmelo traído, pensó, cuántas más meta, más trabajo, y más peso que transportar. ¿Y por qué me hacen llevarlas de aquí para allá? Leopoldo siempre me lo dice allí en la oficina, pero también me dice que le eche más cuenta a Don Federico, que a Don Justino, porque aquél sabe lo que hago, y no necesito demostrarle nada. Pero, digo yo, ¿por qué debería de demostrar nada a nadie? A veces siento que tengo que hacerlo incluso a mi mujer, ¿y no es ella la que tiene que confiar más en mi? ¿No es ella la que tendría que apoyarme por encima de todo? La verdad es que es una santa esposa, no puedo decir nada de ella, ¡me quiere tanto! Estoy cansado de poner todo de mi parte, aunque cosas más difíciles se han conseguido, y nadie ha muerto en el intento. ¡Si respetas la importancia de tu trabajo, este te devolverá el favor!(ver nota al pie)
        Y abrió una de las páginas, creyó recordar el nombre de quién lo había dicho. ¿Por qué no se me ocurrirán frases así?, se dijo.
         -Esto debe estar en la sección de…, bueno, luego lo busco, que esto pesa mucho.
       Cerró la puerta del coche de una patada, se echó la gabardina sobre el hombro, e hizo una seña al portero del edificio, que gentilmente le abrió ambos batientes, y le ofreció un par de brazos para compensar.
         -No se moleste, gracias.
         -No es molestia, déjeme que… -y metió los brazos bajo los suyos para aliviar peso.
         Pero ello sólo le hizo perder el equilibrio inestable en el que los llevaba. Así que estuvieron a punto de caerse.
         -Oh, vaya –dijo el portero-, parece que no he acertado con el peso. Entonces si le tomo estos, y deja esos ahí, quizá…
         -No, no, por favor, mejor déjeme a mí, que ya los tengo calados.
         -Como quiera –y el portero se retiró. Cerró ambas puertas y llamó el ascensor.
         -Gracias.

       El tercero derecha era el piso de la Señora de Diéguez, burguesa donde las haya, servía el té con meñique y las pastas con pañuelos, al tiempo que tosía sobre ellos y decía, “qué resfriado tengo”.
       A él no le importaba, sólo iba a bebérselos de un sorbo, y a salir tan pronto como aceptase la negativa del cliente.
       Así que la buena señora dijo:
       -Un momento, por favor.
       Y se acicaló durante dos largos, tediosos y pesados minutos, en los que las manos ya no le respondían, y en los que el peso, más allá de la gravedad, suponían un comienzo de día con toda el menosprecio que podía sentir, aunque fuese sólo por un segundo, por un trabajo así. No tardó más que un par de minutos, pero los tardó, y cuando aquélla abrió la puerta, lo cogió aliviando el peso en un brazo, hacia el otro, y con el pretendido equilibrio en el cambio de piernas, y rodilla para aliviar el balanceo de lado a lado.
      La señora lo miró de arriba abajo, con el entusiasmo con el que se observa a un artista del circo, e incluso, quizá animada a espera el desenlace de la maniobra, porque cuando Cecilio acabó, levantó los brazos hacia su pecho, le sonrió y empezó a dar el primer paso hacia el interior de la casa, la buena señora dijo:
        -¡Eso es, muy bien! –con una alegría contenida.
        -Bien, aquí estoy, como nos pidió –dijo nada más entrar.
       -Pase, pase –dijo, mientras Cecilio ya había entrado, e intentaba buscar un resquicio, saliente, o lo que fuese para descansar lo que llevaba; al no encontrarlo, rápidamente se planteó el arranque de una ventana, quizá el espaldar de una silla, o si no tenía más remedio, su propia rodilla, le sostendría un segundo.
       Pero no fue necesario, la Señora de Diéguez ya tenía preparada la mesita de exposiciones, y una taza humeante.

        Le fue pasando tomo por tomo, y aquella los abría, los ojeaba de arriba abajo, la portada, las fotos, la contraportada, y los olía y respiraba con afán seductor.
     -¡Hay que ver  lo bien que huelen estos libros! Me recuerdan a aquellas ediciones de la Guía del Botánico en casa. ¡Cuánto las disfrutó mi Alfredo! –Cecilio sólo miraba la decoración, pues ya se conocía la retahíla-. ¿Se acuerda? Aquellas gardenias que le regalamos para su esposa. Algún día me las tiene que traer. Seguro que están magníficas. Si es que para eso, tiene una mano mi Alfredo.
       Cuando terminó con Alfredo, pasó a Rocío, una de sus hijas, la doctora, y los manuales que les había comprado para la carrera. Le repitió los nombres de cada uno de ellos, le consultó sobre los contenidos actualizados que ofrecía la editorial, y si este año regalaban o no, aquél libro del Médico de Familia, que tanto le habían recomendado sus amigas.
       Dos horas. Dos horas para explicarle las ventajas de la nueva enciclopedia, de cuya editorial, Cecilio, era representante. Uno de los mejores, o uno de los más queridos. Para él no había diferencia.

       A punto de acabar la mañana, la Señora de Diéguez, le firmó un recibo para la reserva de la siguiente edición de Vista Aérea de Las Cordilleras del Himalaya. Así que las enciclopedias se dieron el paseo.
       Cuando llegó a casa, vencido y harto de pastas, se metió en su ensayo de “Una vida laboral sana”. Era su sueño, su proyecto después de años de estudio y experiencia en la Editorial de su suegro, una de las más renombradas y respetuosamente aceptadas en todo el país, que casi estuvo de conseguir la exclusiva de la publicación de los escritos de Jakin Boor. (ver nota al pie)
       Pero otros se le adelantaron.
       -Una tragedia -como después diría Don Federico.

       Así que obvió el almuerzo y el achuchón a la esposa, cambiándolo por un beso, dado de camino entre la puesta de zapatillas y la dejada del reloj sobre la peinadora.
       -Cielo, ¿cómo te fue hoy? Mi padre llamó, está muy interesada en esa clienta a la que fuiste a ver, dice que es de las mejores, que no le puede faltar de nada, que os da el 0,2 de las ventas anuales, o el 0,3, bueno no me acuerdo. Pues eso que ¿cómo te ha ido?
      Su esposa volvió a atender a la televisión. Un paño de ganchillo y unas agujas doradas delataban la actividad frenética de un ama de casa convencional, cuyo servicio de casa, se afanaba por dejarlo todo limpio después del almuerzo.
      Si una cosa había deseado Cecilio en esta vida, era tener un pequeño rincón donde escribir su ensayo, sin que le insistiesen en que era conveniente traerse el trabajo a casa, y menos consultarlo con su mujer, aunque al fin y al cabo, siendo estrictos, ella perteneciese a la empresa más que él. Pensó en aquel que decía: El obrero tiene más necesidad de respeto, que de pan. (ver nota al pie)
      -¿No comes, cielo? ¿Te has tomado algo por ahí? Ten cuidado con las tapas que ponen por ahí, que le ponen cualquier cosa, y no sabe una lo que está comiendo. Tanta grasa y tanto colesterol.
Espero la réplica final de su esposa, algo con lo que siempre acababa las frases referidas a su sobrepeso.       

      Algo que dijo su suegro en una de las reuniones navideñas, con su eterno aire moralizador: “La indomable y oronda pesadez del maduro.”
   
       Dejó a su mujer en el salón, mientras caminaba lentamente por el pasillo hacia el otro extremo de la casa, confirmándole con un sí, sí, o un claro, claro, que la estaba escuchando atentamente.
       Tras la puerta, un sillón de piel burdeos, un bloc marrón y una pluma gris, regalo de la empresa, por su vigésimo aniversario.
       Abrió el bloc y repasó lo que había escrito el último día. Estaba pendiente de comenzar la sección de la jefatura, y la tipología de los jefes. Leyó: “El jefe que siempre quiso serlo, el jefe que nació para serlo, el jefe que le ha tocado serlo, y el jefe que piensa que tiene que serlo.”
       -A ver por dónde iba – y la pluma se balanceó sobre el papel, dibujando una primera letra imaginaria, de una palabra que no encontraba, en una frase que no le salía, de una idea que no llegaba. Así que no llegó a posarse. Y le llevó a pensar que era difícil provocar a la inspiración, en aquellos momentos sacados a la obligación diaria. Se acordó de algo que leyó una vez en una de sus enciclopedias: El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer. (ver nota al pie)
       Pasados unos minutos, en los que su cabeza pasó de la Señora Diéguez, a las Guías de Viajes, pasando por La Inquisición Española, El Poder del Ahora, Yo Ricky Martin, para acabar por La Nueva Iglesia de Roma, dejó que brotara de sí un lento y prolongado suspiro.
     Se arrellanó en el sillón, cogió con fuerza el bloc y la pluma, y empezó a escribir, recordando aquella frase que alguien dijo una vez: “Escribo, luego existo.”
 Notas del autor:
-¡Si respetas la importancia de tu trabajo, este te devolverá el favor!, Mark Twain
-Jakin Boor: Seudónimo que utilizó Franco, para escribir 49 artículos en una revista de corte falangista, en una crítica a la masonería.
-El obrero tiene más necesidad de respeto, que de pan , Karl Marx
-El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer, Oscar Wilde

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Publicado 17/08/2012 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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