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El profesor   Leave a comment

        Dejé de respirar a menudo; al menos, lo intentaba. Lo había visto hacer al de la otra cama, pero a mí no me salía bien.
        Este cuerpo mío me traiciona hasta para morir.
        La enfermera llegó, como cada día, con su tarea bien aprendida: bolsita de suero, esparadrapo, y cánula a estrenar. Ese día no me preguntó por nadie, ni por los que no venían, ni por los que debían venir.
        -Ya sabe que estoy sólo –le dije en una ocasión. Pero ella me lo volvía a preguntar al día siguiente; como si pensase que no había sido completamente sincero.

        Mi compañero habla poco, pero responde siempre que le pregunto. Con el tiempo he dejado de hacerlo. Se me agotaron las ideas. A pesar de ello, me invento los temas, aunque acabe hablando solo. Los improviso entre comida y comida: en qué hemos trabajado, dónde nacimos, y qué hemos querido siempre hacer.
        Por su parte, casi siempre, silencio. Quizá a veces un murmullo, un asentimiento que rumia una idea, que guarda un sentimiento, que alberga una pasión, que ya no es pasión, sino desilusión y amargura.

        La otra noche casi lo consigue, pero estas enfermeras, ¡las muy puñeteras!, son demasiado rápidas. Y vinieron con el equipo completo, con sus aparatitos que pitan al ritmo de un corazón que bombea por bombear, aunque no haya la menor intención de hacerlo.
        Tengo que acordarme de cogerles las vueltas en el cambio de turno. Con un par de minutos bastará. Lo leí en un artículo hace años.

         Al día siguiente, fue el que más habló; tan sólo unas pocas frases, pero de las que valen toda una vida.
        -Así no lo conseguirá –dijo, después de uno de mis intentos de taparme la nariz. Porque ya lo había intentado antes; tantas veces que ya no me acuerdo: pérdida de sangre, obstrucción del goteo con unas pinza que había robado, o infección de mi herida con cualquier producto que llegase a mis manos, cualquier idea era buena.
        -Usted parece no tener más éxito que yo –le dije y sonrió. Fue la única vez que se lo vi hacer.
        -Intento olvidarme de mi mismo –me dijo-. Es la única manera. Nuestro cuerpo es un ser vivo que quiere seguir viviendo, aunque el espíritu que lo habita haya muerto hace tiempo. Tiene que empeñarse, con todas sus fuerzas. Tiene que alejarse de sí mismo, decirse que ya nada importa.
        Estuve de acuerdo con él, aunque fui consciente en seguida de que nunca llegaría a ser tan honesto conmigo mismo. A lo mejor, esa era la cuestión, que no estaba siendo sincero, no en lo que deseaba, sino en lo que no deseaba. Esa noche apenas dormí, escuchando cada aliento suyo. Vigilando hasta dónde llegaría su fuerza de voluntad.
        Al día siguiente, sobró una bandeja del desayuno, y un par de médicos le hicieron todos los exámenes procedentes. Llamaron a la enfermera jefe, que firmó unos papeles y unos minutos después me quedé solo en la habitación.

        El sonido del silencio, ahora que no había nadie conmigo, pesaba cada día más.
        Nunca supe su nombre, ni me contestó a ninguna pregunta sobre su vida, a pesar de que él lo sabía casi todo de mí.
        Salí del hospital en una semana, y seguí mi vida allá donde me llevase, recordando a cada momento quién era, qué deseaba y qué quería recordar.

(Continuación)

        Siempre supones cómo va a ser; pero, para ser sinceros, ¿quién ha vuelto para decir que tenía razón?
        Cuando abrí los ojos sólo vi una cama, la de mi compañero de habitación. El pobre diablo que intentaba imitarme. Me encontraba de pie, junto a él, y acerqué mi mano a la suya.
        No sentí nada.
        Lo mejor de este estado es que no hay sensaciones. Cierto es que las disfrutamos cuando son placenteras, agradables, excitantes incluso; pero cuando has pasado tanto como yo, lo que más aprecias es la completa ausencia de dolor…, como si no te afectase nada, como si ya nada importase; aunque a la vez importa todo. No sé, es difícil de entender, si lees esto estando vivo.

        Con los días, su soledad sin mí se transformó en un deseo de no estar solo. No dejé que ello le entristeciese, susurrándole en el corazón que la vida es cada pequeña cosa que hacemos, cada olor, cada tacto, cada respiración, cada inspiración.
        Estuve con él muchos días, en los que mejoró sobremanera, y finalmente, se levantó e hizo la maleta.

        También estaba solo como yo, y estuvo yendo de aquí para allá mucho tiempo. Insistí en que entendiera que siempre hay un día más, en el que podemos cambiar el anterior; y si tampoco nos satisface, mañana habrá un día más. No dejé que lo racionalizara, no dejé que lo entendiera, que lo sintiera; lo confundía a propósito, para que se diera cuenta que la vida no son rosas, pero tampoco espinas, sino una bella flor que a veces nos regala su aroma y otras sólo nos daña para que despertemos del sueño en el que creamos estar. Para que siempre pongamos de nuestra parte.
        Me di cuenta de que debía haber recordado esto para mí. La única noticia que no puedes racionalizar es la noticia de tu muerte. Cuando la fecha de fin es patente, qué sentido tiene plantearse el camino.
        En un momento de mi vida llegué a la conclusión, sin embargo, que cada uno consigue el conocimiento de uno mismo de su propia manera: los había que miraban pozos en el té, los que subían a montañas y gritaban el nombre de algo, los que miraban al cielo, por ciencia o seudociencia, y creían ver el dibujo de su futuro, en cosas mucho más lejanas que todo lo que tenían a su alrededor.
        Estaban los que rezaban a Dios, los que rezaban a un dios, los que lo hacían a su dios, y los que rezaban simplemente a alguien. Y también los que rezaban a algo que aún no habían definido, al igual que tampoco sabían porqué rezaban, o qué podía significar todo ello.
        Estaban así mismo los que sabían que tenían qué cuestionarlo todo, y los que se negaban a hacerlo de ninguna manera posible.
        Después de todo, para mí la forma perfecta no era otra que el eterno conflicto, la duda eterna, la ausencia de importancia, la eliminación conceptual de un destino que no conocía, ni vislumbraba, y la triste imagen de un individuo con muchos caminos que tomar, sentado reflexivo en una piedra en su cruce, sin dejar de pensar en todo ello ni un solo momento.
        Me di cuenta en ese instante a qué venía aquel desamparo, esa soledad, sorda y callada, que sentí tras levantarme un día de la cama.

        Ahora estoy en otro estado de consciencia, y tengo cosas que hacer.
        Haré de su vida la mía, le infundiré el valor necesario, el ánimo que cualquiera querríamos tener en momentos de desesperación; no permitiré que decaiga mientras nada se me lleve, y le haré recordar y vivir cada instante; le diré que se miré siempre a los ojos, que se comprenda, porque la única persona que estará contigo el resto de tu vida, eres tú mismo.

Publicado 16/11/2010 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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