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  “¿Despertar, y quién querría despertar en este mundo en el que vivimos?”, pensó María. 

          Fueran las ensoñaciones de un loco, o las ideas preclaras de un iluminado, María sabía que no había mundo más real que el que formamos dentro de nuestra mente: Poco importa que haga frío, si no lo sentimos así; no importa que nos digan que el cielo está gris, si realmente lo vemos azul. ¿Qué importa lo que nos digan, si somos incapaces de decírnoslo a nosotros mismos? 
          Y lo sabía, aunque muchos dijeran que se engañaba. María pensaba que eran ellos los que lo hacían. Unos a otros, en un teatro de mentiras, en sesión continua. 
          Muchas noches, cuando el mundo empezaba a dormirse lejos de ella, pensaba en todo esto, y se decía que el otro lado, cuando cierras los ojos, era mejor, más eterno, más humano, incluso, más verdadero.
          La vida no le había dado un vuelco, no le había tratado mal, le querían, le amaban, le estimaban y le admiraban. No había sufrido abandonos, traiciones o tristezas gratuitas. Nada hubo en su existencia que fuese digno de omisión. Entonces, ¿por qué la evasión?
María se decía, “simplemente porque lo sé, porque aquél lugar es más auténtico que este” 
          Las disquisiciones y observaciones que llevó a cabo, no el conducían a otra idea más que a aquella. Y tanto fue el deseo y le convencimiento que un día desapareció.  
          La buscaron y no la hallaron. “Secuestrada”, decían unos. “Escapada”, decían otros; y algunos hasta mencionaron la transmigración, y una posible reencarnación.  
          Sea como fuere, seis meses después de su desaparición, nació su sobrina Isabel. Con los años, niña lista donde las hubiera, inteligente y despierta como el profesor que le daba clase de primaria, o más que él, era asombrosamente parecida a su tía, y todos se miraban de reojo, viendo en la niña, los gestos, las palabras, y las acciones, de quién se sabe ajeno a lo real y mundano, y en contacto constante con otro lugar, como decía su difunta tía, que era el verdadero. 
          Ahora, se comprende, era difícil tachar de loca o iluminada a una niña de poco más de diez años. Y algunos empezaron a escucharla, por si entre sus palabras se pudiese vislumbrar algo. 
          Un día, cuando su madre no estaba, y su padre descansaba la siesta en su cama. Se acercó a su abuela, le cogió las manos y le pidió que cerrara los ojos.
          Al oído, entre susurros, le dijo: 
          -Ella sabía que la queríais, y de algún modo yo también lo sé. Tía María, se marchó a donde pertenecía. Soñó y se fue, sólo eso. No temas, todo está bien. ¿Quieres decirle algo, abuela?

Publicado 26/07/2010 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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