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Celosía   Leave a comment

      ¿Sigues ahí? Sé que no lo haces por mí. Te da placer oírme hablar sobre él, comprobar que aun me ahogan por dentro sus palabras de abandono, las que a ti te negó. Tú solo encontraste silencio en tu casa cuando volviste, ni una palabra más alta que otra, ni discusiones, ni veladas insinuaciones de que algo pasara, y que luego tú debías armar en tu cabeza. Nada como eso, solo un claro y limpio silencio, libre de falsedades y de reproches. Y sé bien de lo que hablo, porque me lo contó el día que te dejó, el mismo día que nuestra relación empezó.

      No pasa una semana sin que te llame. Tú me escuchas siempre sin decir palabra. Supongo que coges el teléfono y te acomodas en aquel sillón de terciopelo que tienes junto a la ventana.
      ¿Alguna vez has sonreído, mientras lloraba y te decía cuánto lo echaba de menos?
      Naturalmente.
      Así que, ¿sabes?, estoy cansada de medir mi vida a través de la tuya, ya no me impresiona tu sufrimiento. Creo que he hecho lo que sentía que debía hacer.
      Te confieso que en silencio te he insultado cuando la situación lo requería, y me he arrepentido educadamente de mis palabras. Por eso esta es la última llamada que te haré, aunque esto no lo he decidido yo.
      El otro día mi hijo se me quedó mirando fijamente y creo que lo notó. Delante de un niño, no puedes mentir. Nosotros estamos acostumbrados a hacerlo, a decirnos lo que creemos que el otro quiere escuchar, a fingir decir lo que no queremos decir de verdad, pero delante de un niño…, su mirada sincera nos arranca lo verdadero y honesto que hay en nosotros, sin cuestionamientos, sin reflexión.

      Notó que su madre sufría por dentro, que sentía haber borrado de tu vida la persona que amabas.
      Hiciste que lamentase cada día que he estado con él, cada segundo que he sentido su amor, cada instante de placer y consuelo. Implantaste en mí la desobediencia a mi propio corazón, y redujiste a la nada lo que tenía que haber sido todo.
      A pesar de ello, me obligué a llamarte, me obligué a reconocer que no todos hacemos las cosas tan correctamente como nos proponemos, que la absolución tiene que empezar por nosotros mismos, y con los que tenemos cerca, y me empeñé en colocarte ahí, donde ambas supiésemos de la otra, que intentásemos compartir algo que tuvimos en común, y que ahora, que también estoy sola, compartimos también.
       No te odio, aunque quisieras que así fuese. Sé que la sola idea de verme sumida en un sentimiento así, te conforta de algún modo, pero no lo haré, porque me he dado cuenta de que he vivido la vida de otros y no la mía.

       Me podría retractar de lo que hice, pero esta vida que vivimos es en directo, retractarse es una hipocresía artificial que hemos fabricado, para no reconocer ante nosotros mismos que aquello siempre nos acompañara. Por eso nunca te pediré perdón, nunca te diré que me arrepiento, que mis palabras no existen, ni lo hicieron.

      He mirado lo que más quería a través del ojo de la cerradura de mi propio corazón.
      Nunca más, hermana, nunca más.

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Publicado 10/03/2014 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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