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Aquel lugar maravilloso   2 comments

Sólo veía oscuridad, y a través de ella miraba el mundo. Cerca de mí, sin embargo, percibía los olores, sonidos y sensaciones de una vieja buhardilla.
Cuando me encerraban, lo veía venir en seguida, aunque no fuese consciente de ello. Comenzaba por revelarme contra el castigo con patadas y gritos; luego pasaba del enfado a la resignación, con esos brotes de ira malentendida que todo niño experimenta, en los que tu propia garganta es la fuerza más poderosa que tienes, y expulsas toda la rabia de tu propia inseguridad. Luego el  agotamiento me vencía, y terminaba por sentarme en el frío suelo de madera a esperar.
Una vez el castigo se prolongaba, tanteaba a mí alrededor y abría los ojos, como si pudiese ver. Y, de algún modo, así era.

Solía sentarme cerca del viejo baúl del capitán pirata Rodrigo El Cruel, cargado de ropas y enseres del personaje que llevó uno de mis abuelos de pueblo en pueblo, durante sus años de artista.
A mi lado el enorme espejo de un tío mío, comprado para su madre, mi abuela, que acabó en el salón de la casa de aquél, que nunca fue la de ella, y que, posteriormente, quedó arrinconado aquí, al pasar de moda los espejos de época. Y detrás de él dos percheros repletos de ropas trasnochadas y sombreros de fieltro.
Por todos lados se amontonaban juegos de mesa sin piezas, descoloridas cajas de cartón y madera que contenían sabe Dios qué. Aspiradoras estropeadas y paneras de metal. Álbumes de fotos para enseñar, que nadie quería mostrar, y viejas mesillas de noche, arcones imposibles, cómodas desvencijadas y varas de roble, largas y en gran cantidad, que utilizábamos para los paseos por el campo.
Y alguna que otra trampa para ratones, usada y sin usar.
Cubriéndolo todo, una espesa capa de polvo gris, que el tiempo solía derramar día a día con cuidado. Incluso podía notar donde había estado sentado el último día, porque había menos cantidad.
Era un lugar donde había de todo y en el que costaba encontrar algo que sirviera.
A veces pensaba que esta era la residencia de los objetos ancianos, donde nadie los visita ya.
Así, sin contar las horas, quedaba sentado o tumbado, imaginando y pensando en todo lo que estaba por llegar, sin sospechar como cambiaba terriblemente el mundo. Creo que ya no quise salir de allí.
Desde aquellos días han pasado años en los que he vuelto a sentarme en la oscuridad, y he buscado este espacio de reflexión para no dejarme llevar por este mundo, tan implacable y rápido, que no deja pensar en lo que estamos haciendo. Y me he quedado en silencio, sin ánimo de rezo o meditación. Sólo con el único deseo de estar solo, completamente solo
En esta buhardilla lo he vivido todo. Afuera, sólo he visto la sombra de una realidad que siempre he despreciado, ese reflejo platónico que  la vida me ha llevado a través de un viaje de insensatos deseos, de placeres compartidos, de vacía y pulcra educación. Pero es aquí donde lo he vivido todo: la muerte de mis abuelos, ancianos y de una memoria decrépita, que murieron años antes de fallecer; el divorcio de mi madre, por esas razones que sólo un abogado sugeriría, y que tan solo nos dejó a mí y a mi hermano; la huída de mi padre, desde una vida que había sido un completo error, hacia otra que no importara que lo fuera; mi primer beso, y mi primera relación, todo a la vez, aquel domingo de noviembre, cuando el frío era una excusa más; mi boda, el mejor regalo que me hizo Roxana; y el nacimiento de nuestros dos hijos, luceros de mi otra realidad, que adornaban cada instante de mi simple y monótona vida.
Siempre fue ese lugar donde me sentí cerca de todo. Siempre fue este el que adoré, el que contrapuse a todo. La alternativa perfecta a un mal día, el refugio más oculto de un sinfín de sinceridades, el reducto más solitario de mi oscura soledad.
Este lugar, este maravilloso lugar, no fue sólo mi mundo, sino el lugar al que de verdad pertenezco.

Publicado 03/11/2011 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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