Memoria   Leave a comment

“Me miro al espejo cada día, y no recuerdo quién soy. ¿Tanto ha cambiado mi vida, tan diferente es?”
De nuevo escucho jaleo en casa: alguien grita, reclamando no sé qué. Golpes al sillón, una zapatilla volante, y mucha insensatez.
“Me miro otra vez, creo reconocerme, pero no alcanzo a saber bien lo que estoy viendo.”
Gritos otra vez, y un vaso que se ha caído. Zapatones por el pasillo, y un golpe a la peinadora.
“Creo reconocer algo: ¿los labios? Pero eran más suaves, ¿el pelo? Creo que era más brillante, ¿los ojos? Antes estaban más vivos.”
Escucho a alguien que se acerca por mi espalda, que me habla al oído como si fuera sorda, que me empuja contra el espejo y que me deja tirada en el suelo. Y, como siempre, me pongo a limpiarlo todo en seguida, y recojo los trozos y en uno de ellos me miro…
“Ahora me reconozco, sé quién soy. Y de inmediato me empeño en olvidarlo de nuevo, como cada noche antes de acostarme, después de la torta diaria, de los golpes con saña, de las patadas y puñetazos, del cariño velado de mi marido, que golpe tras golpe dice que me quiere cada día más. “

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Publicado 08/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Cariño contenido   Leave a comment

La señora García miraba, y también hablaba
La señorita García hablaba, y también miraba.
La señorita García, deseando intervenir, suele agitarse antes de empezar, y se apunta todo lo que va a decir. Inquieta y emocionada, empieza su discurso, altisonante, a veces pomposo, pero siempre original.
Por turnos les preguntan y les proponen, y todos al unísono piensan el qué dirán.
Y la señora García tiene de nuevo esa expresión contenida, censurosa y censurada; mira a la señorita García, venerando su naturalidad, y en seguida se deja llevar hasta el menosprecio, porque le hace revivir lo que ya se había ido, a envidiar lo que ya se ha vivido, eso que se le escapó y que ha deseado muchas veces. Ha pensado en dejar de asistir a la reunión, y no puede evitar no hacerlo.
Luego, como siempre, cuando la señorita García ha terminado, se infla de desprecio y baja la mirada, respira hondo y vuelve a mirarlos a todos con una amplia sonrisa, hablando del orgullo que siente por su hija.

Publicado 08/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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La puntilla   Leave a comment

Amartillaba Don Cosme la alcayata como si la odiara, y, total, para colocar un cuadro que ni siquiera le gustaba, regalado por alguien que nunca le había caído bien, en una de esas efemérides en la que no queria recibir regalos.
Y se golpeó el dedo, produciéndole uno de esos dolores característicos, como el del viudo, que le hace a uno ir del paroxismo más doloroso, al inmediato placer por su cese… Y tanto dolía, que hasta llegó a temblarle uno de sus párpados, mientras apretaba la comisura de la boca, e, incluso, mordiéndose por un instante el labio; y finalmente acabó por rezar en silencio para que todo terminase cuanto antes.
Miró el cuadro y miró su dedo:
“Y todo por no decir lo que pienso”, pensó. 

Publicado 08/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Microhistorias

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Última esperanza   Leave a comment

Me he convertido en el único testigo de su dolor.
Mientras estoy junto a él, no puedo dejar de llorar ni un momento.
Su corazón no le sostendrá una noche más, y con su mano en mi mano, siento cómo se le va la vida.
La aprieto con fuerza y me esfuerzo por dejarle algo de mí. No puedo soportar que muera, que deje la vida que tanto ama.
Me concentro, y mi alma se parte en dos, derramándose sobre él. Y de pronto noto como fluye.
Su piel recupera la frescura de otros tiempos, y sus ojos se abren, su boca balbucéa y me llama, pero cae rendido por mi esfuerzo.

Publicado 03/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Microhistorias

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La conversación   2 comments

“Me pregunto si sueña con ella”, pienso mientras escribo.

La muerte de alguien, quien sea, es una pérdida para sí mismo y para los que le rodean. De algún modo, algo se va, y especialmente, algo se queda. Y es en esa permanencia donde mejor y peor nos encontramos, recordando instantes que nos producen tristeza y llanto, amargura y angustia.
Se siente como si el alma, aprisionada por el sufrimiento, hiciera que el espíritu derramase las lágrimas de nuestro rostro. Y, a pesar de ello, ¡qué cálido consuelo!

Siento nostalgia, aunque no de palabras, ni pensamientos, ni siquiera de gestos, sino de emociones, de miradas fijas y atentas a todo cuanto yo hacía, a la inquietud de la sorpresa diaria, al movimiento aleatorio y sorpresivo, al infundado ruido, al quiebro de una puerta, al canto lejano de algún ave, a todo cuanto a su alrededor había.
Y sobre todo, aquel fenómeno en el que casi nunca reparamos, aquella circunstancia que apenas consideramos: su silencio. El silencio de su ausencia, la falta de sonidos, que sólo ella entendía.
Mi amigo lo siente igual, estoy seguro, y la busca a cada momento. Busca su presencia, sus ruidos, su olor y, quizá, también su mirada.
A nuestro modo hablamos de ella, cuando lo abrazo y la buscamos juntos, sin que él se dé cuenta, o cuando paseamos por la casa, mirando donde ella dormía, observando desde donde ella nos observaba. Y estoy más pendiente de él ahora, como no podía ser de otra manera, de sus gestos y atenciones a todos los sitios donde paraba su amiga. Come lo suficiente, pero no con ganas, bebe mucho, eso sí, quizá algo se le secó por dentro.
Mi amigo descansa ahora. Duerme una de sus muchas siestas del día, y apenas se mueve salvo para algún lamido oportuno. No dejo de mirarle, y a la vez, me miro a mí mismo, echando de menos a nuestra amiga.

Abril 2015

Publicado 25/04/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Celosía   Leave a comment

      ¿Sigues ahí? Sé que no lo haces por mí. Te da placer oírme hablar sobre él, comprobar que aun me ahogan por dentro sus palabras de abandono, las que a ti te negó. Tú solo encontraste silencio en tu casa cuando volviste, ni una palabra más alta que otra, ni discusiones, ni veladas insinuaciones de que algo pasara, y que luego tú debías armar en tu cabeza. Nada como eso, solo un claro y limpio silencio, libre de falsedades y de reproches. Y sé bien de lo que hablo, porque me lo contó el día que te dejó, el mismo día que nuestra relación empezó.

      No pasa una semana sin que te llame. Tú me escuchas siempre sin decir palabra. Supongo que coges el teléfono y te acomodas en aquel sillón de terciopelo que tienes junto a la ventana.
      ¿Alguna vez has sonreído, mientras lloraba y te decía cuánto lo echaba de menos?
      Naturalmente.
      Así que, ¿sabes?, estoy cansada de medir mi vida a través de la tuya, ya no me impresiona tu sufrimiento. Creo que he hecho lo que sentía que debía hacer.
      Te confieso que en silencio te he insultado cuando la situación lo requería, y me he arrepentido educadamente de mis palabras. Por eso esta es la última llamada que te haré, aunque esto no lo he decidido yo.
      El otro día mi hijo se me quedó mirando fijamente y creo que lo notó. Delante de un niño, no puedes mentir. Nosotros estamos acostumbrados a hacerlo, a decirnos lo que creemos que el otro quiere escuchar, a fingir decir lo que no queremos decir de verdad, pero delante de un niño…, su mirada sincera nos arranca lo verdadero y honesto que hay en nosotros, sin cuestionamientos, sin reflexión.

      Notó que su madre sufría por dentro, que sentía haber borrado de tu vida la persona que amabas.
      Hiciste que lamentase cada día que he estado con él, cada segundo que he sentido su amor, cada instante de placer y consuelo. Implantaste en mí la desobediencia a mi propio corazón, y redujiste a la nada lo que tenía que haber sido todo.
      A pesar de ello, me obligué a llamarte, me obligué a reconocer que no todos hacemos las cosas tan correctamente como nos proponemos, que la absolución tiene que empezar por nosotros mismos, y con los que tenemos cerca, y me empeñé en colocarte ahí, donde ambas supiésemos de la otra, que intentásemos compartir algo que tuvimos en común, y que ahora, que también estoy sola, compartimos también.
       No te odio, aunque quisieras que así fuese. Sé que la sola idea de verme sumida en un sentimiento así, te conforta de algún modo, pero no lo haré, porque me he dado cuenta de que he vivido la vida de otros y no la mía.

       Me podría retractar de lo que hice, pero esta vida que vivimos es en directo, retractarse es una hipocresía artificial que hemos fabricado, para no reconocer ante nosotros mismos que aquello siempre nos acompañara. Por eso nunca te pediré perdón, nunca te diré que me arrepiento, que mis palabras no existen, ni lo hicieron.

      He mirado lo que más quería a través del ojo de la cerradura de mi propio corazón.
      Nunca más, hermana, nunca más.

Publicado 10/03/2014 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Espiración   Leave a comment

La inspiración tomó entre sus manos el rostro del escritor y dulcemente lo besó.
Luego, cogió sus brazos y colocó sus manos sobre el papel. Susurró en su oído paisajes y momentos, bravos deseos y terciadas voluntades, y le abrazó.
Cuando la postura era la correcta, recogió el lapicero y lo dejó caer entre sus dedos, esperando.
-Una vez más –le dijo-, escúchame. Dame tu corazón. Olvida quién eres y dónde estás. Sabes que soy la única que puede entenderte, la única que puede expresar lo que realmente eres, todo lo que anhelas mostrar.
Y continuó…
-Vuelve a someterte a mí, pues nunca había encontrado un corazón como el tuyo, afinado, como el más preciado de los instrumentos, a la adecuada sensibilidad para poder sentirme. Eres mi aliento diario, mi existencia, mi única razón…, escribirás para mí; así que te inspiraré, me inspirarás, y nunca te dejaré marchar.

Publicado 10/01/2013 por Amador Redondo Menudo en Microhistorias

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