Archivo para la categoría "Relatos"

Publicación “Alguien empezó a fumar”   Leave a comment

Publicación en Revista Digital Agitadoras

Alguien empezó a fumar

Publicado 01/04/2016 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Publicación “Espléndida realidad”   Leave a comment

Publicación en Revista Digital Almiar

Espléndida realidad

Publicado 01/04/2016 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Memoria   Leave a comment

“Me miro al espejo cada día, y no recuerdo quién soy. ¿Tanto ha cambiado mi vida, tan diferente es?”
De nuevo escucho jaleo en casa: alguien grita, reclamando no sé qué. Golpes al sillón, una zapatilla volante, y mucha insensatez.
“Me miro otra vez, creo reconocerme, pero no alcanzo a saber bien lo que estoy viendo.”
Gritos otra vez, y un vaso que se ha caído. Zapatones por el pasillo, y un golpe a la peinadora.
“Creo reconocer algo: ¿los labios? Pero eran más suaves, ¿el pelo? Creo que era más brillante, ¿los ojos? Antes estaban más vivos.”
Escucho a alguien que se acerca por mi espalda, que me habla al oído como si fuera sorda, que me empuja contra el espejo y que me deja tirada en el suelo. Y, como siempre, me pongo a limpiarlo todo en seguida, y recojo los trozos y en uno de ellos me miro…
“Ahora me reconozco, sé quién soy. Y de inmediato me empeño en olvidarlo de nuevo, como cada noche antes de acostarme, después de la torta diaria, de los golpes con saña, de las patadas y puñetazos, del cariño velado de mi marido, que golpe tras golpe dice que me quiere cada día más. “

Publicado 08/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Cariño contenido   Leave a comment

La señora García miraba, y también hablaba
La señorita García hablaba, y también miraba.
La señorita García, deseando intervenir, suele agitarse antes de empezar, y se apunta todo lo que va a decir. Inquieta y emocionada, empieza su discurso, altisonante, a veces pomposo, pero siempre original.
Por turnos les preguntan y les proponen, y todos al unísono piensan el qué dirán.
Y la señora García tiene de nuevo esa expresión contenida, censurosa y censurada; mira a la señorita García, venerando su naturalidad, y en seguida se deja llevar hasta el menosprecio, porque le hace revivir lo que ya se había ido, a envidiar lo que ya se ha vivido, eso que se le escapó y que ha deseado muchas veces. Ha pensado en dejar de asistir a la reunión, y no puede evitar no hacerlo.
Luego, como siempre, cuando la señorita García ha terminado, se infla de desprecio y baja la mirada, respira hondo y vuelve a mirarlos a todos con una amplia sonrisa, hablando del orgullo que siente por su hija.

Publicado 08/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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La conversación   2 comments

“Me pregunto si sueña con ella”, pienso mientras escribo.

La muerte de alguien, quien sea, es una pérdida para sí mismo y para los que le rodean. De algún modo, algo se va, y especialmente, algo se queda. Y es en esa permanencia donde mejor y peor nos encontramos, recordando instantes que nos producen tristeza y llanto, amargura y angustia.
Se siente como si el alma, aprisionada por el sufrimiento, hiciera que el espíritu derramase las lágrimas de nuestro rostro. Y, a pesar de ello, ¡qué cálido consuelo!

Siento nostalgia, aunque no de palabras, ni pensamientos, ni siquiera de gestos, sino de emociones, de miradas fijas y atentas a todo cuanto yo hacía, a la inquietud de la sorpresa diaria, al movimiento aleatorio y sorpresivo, al infundado ruido, al quiebro de una puerta, al canto lejano de algún ave, a todo cuanto a su alrededor había.
Y sobre todo, aquel fenómeno en el que casi nunca reparamos, aquella circunstancia que apenas consideramos: su silencio. El silencio de su ausencia, la falta de sonidos, que sólo ella entendía.
Mi amigo lo siente igual, estoy seguro, y la busca a cada momento. Busca su presencia, sus ruidos, su olor y, quizá, también su mirada.
A nuestro modo hablamos de ella, cuando lo abrazo y la buscamos juntos, sin que él se dé cuenta, o cuando paseamos por la casa, mirando donde ella dormía, observando desde donde ella nos observaba. Y estoy más pendiente de él ahora, como no podía ser de otra manera, de sus gestos y atenciones a todos los sitios donde paraba su amiga. Come lo suficiente, pero no con ganas, bebe mucho, eso sí, quizá algo se le secó por dentro.
Mi amigo descansa ahora. Duerme una de sus muchas siestas del día, y apenas se mueve salvo para algún lamido oportuno. No dejo de mirarle, y a la vez, me miro a mí mismo, echando de menos a nuestra amiga.

Abril 2015

Publicado 25/04/2015 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Celosía   Leave a comment

      ¿Sigues ahí? Sé que no lo haces por mí. Te da placer oírme hablar sobre él, comprobar que aun me ahogan por dentro sus palabras de abandono, las que a ti te negó. Tú solo encontraste silencio en tu casa cuando volviste, ni una palabra más alta que otra, ni discusiones, ni veladas insinuaciones de que algo pasara, y que luego tú debías armar en tu cabeza. Nada como eso, solo un claro y limpio silencio, libre de falsedades y de reproches. Y sé bien de lo que hablo, porque me lo contó el día que te dejó, el mismo día que nuestra relación empezó.

      No pasa una semana sin que te llame. Tú me escuchas siempre sin decir palabra. Supongo que coges el teléfono y te acomodas en aquel sillón de terciopelo que tienes junto a la ventana.
      ¿Alguna vez has sonreído, mientras lloraba y te decía cuánto lo echaba de menos?
      Naturalmente.
      Así que, ¿sabes?, estoy cansada de medir mi vida a través de la tuya, ya no me impresiona tu sufrimiento. Creo que he hecho lo que sentía que debía hacer.
      Te confieso que en silencio te he insultado cuando la situación lo requería, y me he arrepentido educadamente de mis palabras. Por eso esta es la última llamada que te haré, aunque esto no lo he decidido yo.
      El otro día mi hijo se me quedó mirando fijamente y creo que lo notó. Delante de un niño, no puedes mentir. Nosotros estamos acostumbrados a hacerlo, a decirnos lo que creemos que el otro quiere escuchar, a fingir decir lo que no queremos decir de verdad, pero delante de un niño…, su mirada sincera nos arranca lo verdadero y honesto que hay en nosotros, sin cuestionamientos, sin reflexión.

      Notó que su madre sufría por dentro, que sentía haber borrado de tu vida la persona que amabas.
      Hiciste que lamentase cada día que he estado con él, cada segundo que he sentido su amor, cada instante de placer y consuelo. Implantaste en mí la desobediencia a mi propio corazón, y redujiste a la nada lo que tenía que haber sido todo.
      A pesar de ello, me obligué a llamarte, me obligué a reconocer que no todos hacemos las cosas tan correctamente como nos proponemos, que la absolución tiene que empezar por nosotros mismos, y con los que tenemos cerca, y me empeñé en colocarte ahí, donde ambas supiésemos de la otra, que intentásemos compartir algo que tuvimos en común, y que ahora, que también estoy sola, compartimos también.
       No te odio, aunque quisieras que así fuese. Sé que la sola idea de verme sumida en un sentimiento así, te conforta de algún modo, pero no lo haré, porque me he dado cuenta de que he vivido la vida de otros y no la mía.

       Me podría retractar de lo que hice, pero esta vida que vivimos es en directo, retractarse es una hipocresía artificial que hemos fabricado, para no reconocer ante nosotros mismos que aquello siempre nos acompañara. Por eso nunca te pediré perdón, nunca te diré que me arrepiento, que mis palabras no existen, ni lo hicieron.

      He mirado lo que más quería a través del ojo de la cerradura de mi propio corazón.
      Nunca más, hermana, nunca más.

Publicado 10/03/2014 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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Espesa Calva   Leave a comment

          Ese día pesaban más; a pesar de que se había traído el coche de su mujer, el del maletero espacioso.
          Aunque no sé por qué me alegro de habérmelo traído, pensó, cuántas más meta, más trabajo, y más peso que transportar. ¿Y por qué me hacen llevarlas de aquí para allá? Leopoldo siempre me lo dice allí en la oficina, pero también me dice que le eche más cuenta a Don Federico, que a Don Justino, porque aquél sabe lo que hago, y no necesito demostrarle nada. Pero, digo yo, ¿por qué debería de demostrar nada a nadie? A veces siento que tengo que hacerlo incluso a mi mujer, ¿y no es ella la que tiene que confiar más en mi? ¿No es ella la que tendría que apoyarme por encima de todo? La verdad es que es una santa esposa, no puedo decir nada de ella, ¡me quiere tanto! Estoy cansado de poner todo de mi parte, aunque cosas más difíciles se han conseguido, y nadie ha muerto en el intento. ¡Si respetas la importancia de tu trabajo, este te devolverá el favor!(ver nota al pie)
        Y abrió una de las páginas, creyó recordar el nombre de quién lo había dicho. ¿Por qué no se me ocurrirán frases así?, se dijo.
         -Esto debe estar en la sección de…, bueno, luego lo busco, que esto pesa mucho.
       Cerró la puerta del coche de una patada, se echó la gabardina sobre el hombro, e hizo una seña al portero del edificio, que gentilmente le abrió ambos batientes, y le ofreció un par de brazos para compensar.
         -No se moleste, gracias.
         -No es molestia, déjeme que… -y metió los brazos bajo los suyos para aliviar peso.
         Pero ello sólo le hizo perder el equilibrio inestable en el que los llevaba. Así que estuvieron a punto de caerse.
         -Oh, vaya –dijo el portero-, parece que no he acertado con el peso. Entonces si le tomo estos, y deja esos ahí, quizá…
         -No, no, por favor, mejor déjeme a mí, que ya los tengo calados.
         -Como quiera –y el portero se retiró. Cerró ambas puertas y llamó el ascensor.
         -Gracias.

       El tercero derecha era el piso de la Señora de Diéguez, burguesa donde las haya, servía el té con meñique y las pastas con pañuelos, al tiempo que tosía sobre ellos y decía, “qué resfriado tengo”.
       A él no le importaba, sólo iba a bebérselos de un sorbo, y a salir tan pronto como aceptase la negativa del cliente.
       Así que la buena señora dijo:
       -Un momento, por favor.
       Y se acicaló durante dos largos, tediosos y pesados minutos, en los que las manos ya no le respondían, y en los que el peso, más allá de la gravedad, suponían un comienzo de día con toda el menosprecio que podía sentir, aunque fuese sólo por un segundo, por un trabajo así. No tardó más que un par de minutos, pero los tardó, y cuando aquélla abrió la puerta, lo cogió aliviando el peso en un brazo, hacia el otro, y con el pretendido equilibrio en el cambio de piernas, y rodilla para aliviar el balanceo de lado a lado.
      La señora lo miró de arriba abajo, con el entusiasmo con el que se observa a un artista del circo, e incluso, quizá animada a espera el desenlace de la maniobra, porque cuando Cecilio acabó, levantó los brazos hacia su pecho, le sonrió y empezó a dar el primer paso hacia el interior de la casa, la buena señora dijo:
        -¡Eso es, muy bien! –con una alegría contenida.
        -Bien, aquí estoy, como nos pidió –dijo nada más entrar.
       -Pase, pase –dijo, mientras Cecilio ya había entrado, e intentaba buscar un resquicio, saliente, o lo que fuese para descansar lo que llevaba; al no encontrarlo, rápidamente se planteó el arranque de una ventana, quizá el espaldar de una silla, o si no tenía más remedio, su propia rodilla, le sostendría un segundo.
       Pero no fue necesario, la Señora de Diéguez ya tenía preparada la mesita de exposiciones, y una taza humeante.

        Le fue pasando tomo por tomo, y aquella los abría, los ojeaba de arriba abajo, la portada, las fotos, la contraportada, y los olía y respiraba con afán seductor.
     -¡Hay que ver  lo bien que huelen estos libros! Me recuerdan a aquellas ediciones de la Guía del Botánico en casa. ¡Cuánto las disfrutó mi Alfredo! –Cecilio sólo miraba la decoración, pues ya se conocía la retahíla-. ¿Se acuerda? Aquellas gardenias que le regalamos para su esposa. Algún día me las tiene que traer. Seguro que están magníficas. Si es que para eso, tiene una mano mi Alfredo.
       Cuando terminó con Alfredo, pasó a Rocío, una de sus hijas, la doctora, y los manuales que les había comprado para la carrera. Le repitió los nombres de cada uno de ellos, le consultó sobre los contenidos actualizados que ofrecía la editorial, y si este año regalaban o no, aquél libro del Médico de Familia, que tanto le habían recomendado sus amigas.
       Dos horas. Dos horas para explicarle las ventajas de la nueva enciclopedia, de cuya editorial, Cecilio, era representante. Uno de los mejores, o uno de los más queridos. Para él no había diferencia.

       A punto de acabar la mañana, la Señora de Diéguez, le firmó un recibo para la reserva de la siguiente edición de Vista Aérea de Las Cordilleras del Himalaya. Así que las enciclopedias se dieron el paseo.
       Cuando llegó a casa, vencido y harto de pastas, se metió en su ensayo de “Una vida laboral sana”. Era su sueño, su proyecto después de años de estudio y experiencia en la Editorial de su suegro, una de las más renombradas y respetuosamente aceptadas en todo el país, que casi estuvo de conseguir la exclusiva de la publicación de los escritos de Jakin Boor. (ver nota al pie)
       Pero otros se le adelantaron.
       -Una tragedia -como después diría Don Federico.

       Así que obvió el almuerzo y el achuchón a la esposa, cambiándolo por un beso, dado de camino entre la puesta de zapatillas y la dejada del reloj sobre la peinadora.
       -Cielo, ¿cómo te fue hoy? Mi padre llamó, está muy interesada en esa clienta a la que fuiste a ver, dice que es de las mejores, que no le puede faltar de nada, que os da el 0,2 de las ventas anuales, o el 0,3, bueno no me acuerdo. Pues eso que ¿cómo te ha ido?
      Su esposa volvió a atender a la televisión. Un paño de ganchillo y unas agujas doradas delataban la actividad frenética de un ama de casa convencional, cuyo servicio de casa, se afanaba por dejarlo todo limpio después del almuerzo.
      Si una cosa había deseado Cecilio en esta vida, era tener un pequeño rincón donde escribir su ensayo, sin que le insistiesen en que era conveniente traerse el trabajo a casa, y menos consultarlo con su mujer, aunque al fin y al cabo, siendo estrictos, ella perteneciese a la empresa más que él. Pensó en aquel que decía: El obrero tiene más necesidad de respeto, que de pan. (ver nota al pie)
      -¿No comes, cielo? ¿Te has tomado algo por ahí? Ten cuidado con las tapas que ponen por ahí, que le ponen cualquier cosa, y no sabe una lo que está comiendo. Tanta grasa y tanto colesterol.
Espero la réplica final de su esposa, algo con lo que siempre acababa las frases referidas a su sobrepeso.       

      Algo que dijo su suegro en una de las reuniones navideñas, con su eterno aire moralizador: “La indomable y oronda pesadez del maduro.”
   
       Dejó a su mujer en el salón, mientras caminaba lentamente por el pasillo hacia el otro extremo de la casa, confirmándole con un sí, sí, o un claro, claro, que la estaba escuchando atentamente.
       Tras la puerta, un sillón de piel burdeos, un bloc marrón y una pluma gris, regalo de la empresa, por su vigésimo aniversario.
       Abrió el bloc y repasó lo que había escrito el último día. Estaba pendiente de comenzar la sección de la jefatura, y la tipología de los jefes. Leyó: “El jefe que siempre quiso serlo, el jefe que nació para serlo, el jefe que le ha tocado serlo, y el jefe que piensa que tiene que serlo.”
       -A ver por dónde iba – y la pluma se balanceó sobre el papel, dibujando una primera letra imaginaria, de una palabra que no encontraba, en una frase que no le salía, de una idea que no llegaba. Así que no llegó a posarse. Y le llevó a pensar que era difícil provocar a la inspiración, en aquellos momentos sacados a la obligación diaria. Se acordó de algo que leyó una vez en una de sus enciclopedias: El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer. (ver nota al pie)
       Pasados unos minutos, en los que su cabeza pasó de la Señora Diéguez, a las Guías de Viajes, pasando por La Inquisición Española, El Poder del Ahora, Yo Ricky Martin, para acabar por La Nueva Iglesia de Roma, dejó que brotara de sí un lento y prolongado suspiro.
     Se arrellanó en el sillón, cogió con fuerza el bloc y la pluma, y empezó a escribir, recordando aquella frase que alguien dijo una vez: “Escribo, luego existo.”
 Notas del autor:
-¡Si respetas la importancia de tu trabajo, este te devolverá el favor!, Mark Twain
-Jakin Boor: Seudónimo que utilizó Franco, para escribir 49 artículos en una revista de corte falangista, en una crítica a la masonería.
-El obrero tiene más necesidad de respeto, que de pan , Karl Marx
-El trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer, Oscar Wilde

Publicado 17/08/2012 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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