Última esperanza   Leave a comment

Me he convertido en el único testigo de su dolor.
Mientras estoy junto a él, no puedo dejar de llorar ni un momento.
Su corazón no le sostendrá una noche más, y con su mano en mi mano, siento cómo se le va la vida.
La aprieto con fuerza y me esfuerzo por dejarle algo de mí. No puedo soportar que muera, que deje la vida que tanto ama.
Me concentro, y mi alma se parte en dos, derramándose sobre él. Y de pronto noto como fluye.
Su piel recupera la frescura de otros tiempos, y sus ojos se abren, su boca balbucéa y me llama, pero cae rendido por mi esfuerzo.

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Publicado 03/07/2015 por Amador Redondo Menudo en Microhistorias

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