La buena razón   Leave a comment

No había olvidado decírselo, ni siquiera cuando empezaba con los empujones, y con los golpes del revés.

            La rutina era la misma: gritos, niño bajo la cama, ella que se le enfrenta con retos y provocaciones, paliza y baño con su hijo para lavar las heridas, agua oxigenada y mercurocromo a granel.

            Siempre fue una buena razón, acababa cansado de pegarle a ella y no tenía fuerzas para seguir con él.
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Publicado 10/09/2011 por Amador Redondo Menudo en Microhistorias

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