Secreto   Leave a comment

        Tenía la mano en su bolsillo. La tenía así desde que había entrado y le preocupaba sacarla; aunque lo hacía cuando alguien entraba. Luego la volvía a meter en su bolsillo, movía la mano a izquierda y derecha, y finalmente, subía el volumen.
        Siempre pedía café, o una copa de brandy, o un Carlos III. Conversaba con el camarero si le tocaba, y saludaba a los que, como él, eran habituales del local. Contaba lo que querían oír y así la conversación terminaba pronto.
        Cada día lo mismo, como si ocupase su lugar en el escenario del bar, como un taburete más en su sitio, al final de la barra, de cara a la puerta y a la entrada del pasillo que llevaba a los servicios. De postura recta y comedida, reposaba los brazos sobre la barra y dirigía miradas distraídas a todos por igual. 

        Era el mejor lugar para hacerlo, y le había costado varias semanas encontrarlo. Sistemáticamente se había sentado uno a uno en todos los sitios, comprobando, ajustando, y finalmente, evaluando la recepción, la sonoridad, la cadencia y, naturalmente, la frase.
        Amaba aquel aparato. Lo había conseguido a través de un conocido, de otro conocido, de alguien que se lo había dejado olvidado en un bar. Era pequeño y negro, y contenía memoria para varias horas de grabación.
        Si él tuviera que imaginar todo lo que había escuchado, tendría que haber vivido mucho más de lo que el tiempo le había regalado. Llenaba su vacío con el de los demás, abarrotando su espíritu de desgracias y alegrías, de esperanzas y apatías, de confesiones y mentiras; los arrepentimientos se amontonaban; los amores se diluían en verborreas románticas; las propuestas rellenaban las ideas; y su corazón pasaba de la emoción al abandono con la facilidad que le permitía su indiferencia.
        Sin embargo, nada se veía en su rostro. Sonriente, o serio, de recto semblante, a veces cordial, a veces triste, permanecía todo el tiempo que duraba su visita. Nada le afectaba, nada le conmovía. Aquel vacío, sentido y escuchado, era todo lo que le quedaba.

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Publicado 12/01/2011 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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