Contemplación   Leave a comment

        “Iba a ser la última foto. Lo sabía.
        Todos la miraban, todos le sonreían, y todos la animaban a que sonriese y los mirase, y se  colocase y se relajase.
        Quería tener una foto de ella aquel aniversario, y no podía defraudarle.
        Sabía que sería la última foto. La enfermedad estaba muy avanzada, y no habría tiempo de más retratos.”
        Habían escogido la celebración de sus 20 años en pareja, para reencontrarse en el mismo café donde se conocieron, para charlar de nuevo como si empezasen a conocerse de nuevo. Se sentaron junto a la ventana que daba a la terraza del café, frente a aquella pared roja que tanto le gustó la primera vez. Ella lo llevó de la mano hasta la mesa, y lo sentó, justo en el sitio desde donde ella le había mirado con tanto cariño el primer día. Le tomó la mano sobre la mesa y pidieron un té y un café solo.
        Y hablaron y hablaron, y ella recordó y recordó, hasta que lloró de emoción y coraje, porque nunca iban a volver a aquel café. Ahora, más que nunca antes, sentía cómo el tiempo se escurría entre sus manos, así que apretó las de él y le sonrió.
        Pensó en su familia, hijos y padres, abuelos y amigos, de los que todo tomó y apenas nada puede dejarles. Y se lamentó de la debilidad de la vida, y de nuevo lloró.
        Debían de estar a las 14:00 en casa de sus suegros, y antes de irse, él sacó su cámara y le propuso hacerle una foto. “No te muevas”, le dijo, “ahí estás bien, el color de la pared hace un bonito contraste”. Pero no sabía cómo ponerse o qué hacer, y él, con ternura, comentó a dos parejas que se sentaban cerca, “es que es muy vergonzosa, no sabe lo guapa que es”. Y le sonrió. Y le animaron a que sonriese, a que mirase a la cámara de frente y se relajase. Y poco a poco lo hizo, y en un instante concentró en su mirada, todo el cariño, todo el amor, todos los recuerdos que le quedaban, todo su encanto y valor, cada momento vivido junto a él, cada imagen que compartieron, cada respiración que intercambiaron, cada dolencia sanada, cada minuto de su existencia…, ya sin lágrimas.
        Aquella sería la última foto…, pero también la mejor.
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Publicado 31/05/2010 por Amador Redondo Menudo en Relatos

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